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    Rock en la cocina

    No faltan quienes critican la técnica de Daniel Ovadía en el Paxia, pero para mí es uno de los más grandes exponentes de la cocina mexicana. Contagia su espíritu rockero y enérgico a todo el restaurante. Daniel y su mancuerna, el siempre sonriente Ricardo Carrillo, se divierten en la cocina y eso se nota en cada platillo.

    A sus 27 años, Daniel tiene ya tres restaurantes, etiquetas de vino y mezcales artesanales propias y la firma Grupo Daniel Ovadía. Comenzó con Paxia San Ángel, le siguió su homónimo en Santa Fe y en el 2009 abrió las puertas de Charro, en la Condesa. Él se describe como hiperactivo, por lo que es difícil predecir qué sigue en su carrera.

    Al llegar a Paxia, pide un agua fresca. Tanto las mezclas como su presentación –incluidos los curiosos vasos- son un primer reflejo de la esencia del lugar. La de zarzamora con tomillo, por ejemplo, viene acompañada con un caballito con galleta molida, ralladura de chocolate blanco y espuma de zarzamora.

    Los mezcalinis –versión mexicana del Martini- son aperitivos que no debes dejar pasar en este recinto mezcalero.

    Para comenzar con los alimentos –si pides el menú degustación serán bastantes-, unas deliciosas quesadillitas de queso Oaxaca con epazote. Un sabor tenue con un agradable toque de epazote y la acidez refrescante que le brinda el guacamole con unas gotas de limón.

    Las gorditas de chicharrón prensado están perfectamente balanceadas. La salsa de tomatillo ácido se complementa bien con la espuma de crema y queso Cotija que es una delicia por sí misma.

    Uno de los platos estrella del lugar es la torta ahogada de ternera, acompañada de guante e instructivo para no ensuciarte. Las carnitas son preparadas en cazo de cobre, a la usanza tradicional. La salsa le brinda una acidez muy marcada, aunque si quieres que pique deberás raspar el brochazo de chile al fondo del plato.

    La quesadilla de pollo con mole es uno de mis platillos favoritos desde la primera vez que visité Paxia. La copa de mole, con una pastilla de chocolate 70% cacao, funcionaría perfectamente como un maravilloso postre si lo comieras solo. Aunque el pollo queda relegado a un segundo plano, este toque salado controla la dulzura del festín de chocolate adornado con la acidez vibrante del chile.

    Un timbal de lechuga, toronja, mango, queso de cabra, almendra caramelizada y piña deshidratada, con la apariencia de una bonita hamburguesa, da tregua y refresca el paladar. Ésta es una de las mejores ensaladas que he comido en mucho tiempo. Los sabores van saltando de uno en uno, acompañándose, elevándose… hasta que tristemente te das cuenta que se acabó.

    Como para darte una nueva bienvenida, el mesero coloca en tu mesa una canastita como las que usan en los mercados para guardar las tortillas o los tacos de canasta en las esquinas. Adentro, solitario, aparece un taco de canasta de papa con queso Cotija. Sudado con aceite de oliva y páprika al alto vacío, dista mucho del sabor a manteca que acostumbran tener en los puestos tradicionales.  Una salsa verde con cilantro, cebolla y chile cuaresmeño es suficiente para aderezarlo.

    La sopa de frijol con jamón Joselito es sumamente herbal por incorporar hoja santa en su preparación. Al dejar reposar el jamón por un rato, su característica grasa se expande sobre la sopa y en tu paladar. Una experiencia seductora.

    Para enjuagar la boca toca el turno a un caballito de tascalate.  La mezcla de maíz nixtamalizado, cacao, hueso de mamey, achiote y plátano deshidratado resulta en un sabor sumamente fresco. Lástima que venga en porciones tan pequeñas.

    Cuando comienzas a sentirte satisfecho, apenas es momento de los platos principales. Primero unos camarones a la talla preparados junto a tu mesa dentro de una olla con piedras de río a 200°C. Son flameados con mezcal, lo cual despide un vapor que aromatiza el salón principal y te deleita desde antes de tener los camarones sobre tu plato.

    Finalmente un filete en mole carretero, dulzón y picosito, que al mezclarlo con los platanitos que le acompañan resulta sorprendente. En una más de las ocurrencias que le caracterizan, Daniel adorna el plato con un “olor a carretera” –maíz quemado- que te hace sentir en el campo y con el cual se disfruta aún más el sabor de este platillo.

    El postre en esta ocasión se trató de algo sin igual. Toda la mesa se transformó en una ofrenda de muertos donde los homenajeados eran los comensales. Calaveritas de chocolate, pastelitos, purés, algodones de azúcar… No sabías por dónde comenzar.

    La lista de vinos es, sin duda, una de las mejores de la ciudad. Se concentra en las etiquetas mexicanas y ha sido premiada dos veces por la revista Wine Spectator, logrando obtener el Best of Award of Excellence, el cual sólo poseen 788 restaurantes en todo el mundo. Además podrás encontrar los mejores mezcales y cervezas artesanales mexicanas para maridar cualquier platillo.

    Cuando prácticamente ningún joven figuraba entre los exponentes de la cocina mexicana, Daniel apareció, sin estudiar gastronomía, para inyectarle vitalidad a la revolución gastronómica. Fue gracias a él que me reconcilié y enamoré de la capirotada. Es por todo esto que cada día me sorprendo más cuando alguien me dice que no conoce ni ha escuchado sobre Paxia.

    Paxia está en:

    Av. de la Paz 47, San Ángel

    Juan Salvador Agraz 44, Hotel NH Santa Fe

    Abre:

    De lunes a jueves de 13:00 a 00:00, viernes y sábados de 13:00 a 01:00 y domingo de 13:00 a 18:00

    Teléfono:

    San Ángel 56166964

    Santa Fe 25910429

    Costo promedio con vino:

    $700 p/p

    La Castellana

    Ni cinco segundos de descanso tienen estos hombres.

    Si piensas que la comida rápida no vale media hora de espera –mucho menos si debes quedarte parado en la banqueta-, es obvio que no has ido a comprar tortas a La Castellana. Los fines de semana puedes toparte con una larga fila que te desalentará; pero, si tienes la paciencia necesaria, tu recompensa será suficiente para reparar tus fuerzas.

    En la esquina de Av. Revolución y Corregidora, en San Ángel, llevan sirviendo tortas desde 1946. Durante esos años, la imagen del lugar ha cambiado pero no así su sabor, por lo que se ha mantenido como una de las torterías preferidas de los sureños del Distrito Federal.

    Su fama los ha llevado a probar suerte en Polanco y en Santa Fe, donde tienen el espacio suficiente para darse el lujo de preparar ensaladas y papas curly, waffle o regulares, además de las tradicionales tortas.

    No esperes innovación en la receta: telera, mayonesa y los ingredientes de tu elección, complementados con zanahorias y chiles en escabeche y cebolla morada, son los únicos secretos de este lugar.

    Al pedir la de tres quesos –lleva queso manchego, amarillo y Oaxaca, aunque puedes cambiar alguno de esos por blanco o gruyere- deberás hacer hincapié en que los derritan bien, pues a veces las rebanadas quedan tibias y secas.

    La cubana es una de mis favoritas. Aquí la preparan mezclando pierna, jamón y queso amarillo, a diferencia de otras torterías donde usan chorizo u otros ingredientes que tengan disponibles. Aunque el sabor de la cubana original de Don Polo, en Félix Cuevas, es invencible (ha ganado varios premios en las seis ediciones de la Feria de la Torta en la delegación Venustiano Carranza), no te arrepentirás de probar ésta.

    La de bacalao y la de pulpo son las más famosas. El pulpo se prepara con salsa de jitomate y especias –hoja de laurel y pimiento, entre ellas-, lo que vuelve a esta torta más compleja que el resto. Si te gusta el sabor y no te desagrada la consistencia de este molusco, pide esta sin pensarlo.

    Para comer ahí o para llevar, La Castellana –la de Av. Revolución, de preferencia- es una parada obligada en un recorrido por las torterías más emblemáticas de la Ciudad de México.

    Puntarena

    Antes famosa solamente por el Cluny y su hermano, el Petit Cluny, Avenida de la Paz ha visto brotar como hongos en un bosque húmedo tanto a modestos como a suntuosos restaurantes, convirtiéndose en uno de los vértices gastronómicos del sur de la Ciudad de México.

    El Puntarena es una de las mejores opciones para comer en esta zona, a pesar de sus altos precios. Por esta razón, tendrás que esperar a que se desocupe una mesa si no haces una reservación.

    Ubicado en una orilla de la casona que alberga al ya conocido Mandarin House, en la esquina del empedrado de Av. de la Paz y Av. Revolución, el Puntarena ofrece poca imaginación en sus platillos, pero mucha calidad y cuidado al prepararlos.

    El sashimi de Cola Amarilla es la entrada ideal cuando se quiere sabor y frescura. De carne rosa muy clara y limpia, las gruesas rodajas no necesitan salsas o complementos para disfrutarse. El único trago amargo son los 260 pesos que hay que pagar por él.

    Los tacos de camarón a la talla tienen un sabor sutil. Se acompañan con aguacate, distrayendo a la lengua de los ingredientes principales, pero permitiéndole recibir gustosa cada bocado.

    El chicharrón de jaiba está demasiado frito, por lo que unas gotas de limón, además del cebollín y el cilantro con los que se presenta, le favorecen, pero la jaiba termina ensombrecida.

    La sopa verde Puntarena vence por knockout, en la primera caída, a las demás opciones. Espesada con fécula de trigo, toma la textura reconstituyente de una crema llena de camarones, almejas y pescado. Cuatro o cinco trozos de espárrago son la única tregua que otorga este pan líquido para respirar y evitar que la boca se sature. Una pizca de peperoncino eleva esta sopa a la perfección. Una obra digna de rendir honores.

    Aunque no decepcionan, los tacos de anguila pudieran dar más de sí. Demasiado dorada por momentos, la carne no se disfruta al máximo.

    Los vinos por copeo son pocos, pero el Vionta 2006, un Albariño (vino blanco de la denominación de Rías Baixas, en Galicia, España) con olor a miel, flores, un poco de manzana madura y buena acidez, acompaña bien a estos platos.

    El pastel de mamey seduce desde el primer vistazo. Es muy fresco, con una corteza de galleta, una capa muy delgada de chocolate, un poco de crema y mamey, pero resulta insípido y te dejará con ganas de algo mejor.

    La tarta de manzana con mazapán, en cambio, es todo lo contrario. Con un aspecto aplastado, sorprende al paladar con la armonía de la manzana y la canela dentro de una gran costra de galleta, difícil de romper, acompañado por helado de vainilla.

    Puntarena, ya sea en Av. de la Paz o en el original de las Lomas, resulta una magnífica opción si buscas pescados y mariscos, pero debes estar dispuesto a pagar alrededor de 500 pesos por persona.