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    De lujos y excesos gastronómicos: Millesime México

    “17 mil dólares por mesa es una locura”, fue lo primero que escuché sobre Millesime México. Tras coincidir en que era una cifra descabellada, dejé de ponerle atención al evento. Fue hasta un fin de semana antes de celebrarse, que me di cuenta que no podía perderme la reunión gastronómica más importante del año y por suerte conseguí una invitación.

    Llegué temprano. Escéptico, caminé hasta el stand de Paxia. No tenían luz, por lo que Daniel Ovadía batallaba para poder comenzar a servir. Seguí al puesto de Néctar, uno de los mejores restaurantes de Mérida y del país. Su suerte no era mejor, pues de último momento les prohibieron freír unas bolitas de masa con recaudo negro.

    La experiencia no iba por buen camino.

    Sin embargo, todo mejoró cuando Pablo Salas, el prodigioso chef de Amaranta, en Toluca, me recibió con una sonrisa. Lo primero que probé fue un carpaccio de manitas de cerdo, seguido de la deliciosa hueva de carpa, dos platos emblemáticos de aquel restaurante mexiquense.

    Volví con Roberto Solís, cabeza del Néctar. Pude probar una de las pocas bolitas de recaudo negro, bañadas con recaudo negro y coronadas por un poco de cebolla morada que había alcanzado a preparar. Luego, un plato más fresco: lechuga yucateca envuelta en pancetta, con una salsa de achiote y polvo de chicharrón. 

    Mi ánimo comenzaba a mejorar.

    Después tocó el turno a Vicente Torres, chef de Oca, en Polanco. Crema de calamar y mejillón en caballito, esquite en forma de elotito y chile de chocolate –tierra y maseta incluidas-.  Con excepción de los esquites, que estaban fríos porque no había horno, todo era una muestra de la maestría con la que este joven cocinero trabaja en su restaurante.

    Llegó el turno a los cocineros de Galicia, quienes aseguran tener los mejores pescados del mundo. Marcelo Tejedor, del restaurante Casa Marcelo preparó un extraordinario risotto de alga y unas no menos maravillosas patatas con salsa de chiles y tocino.

    A su lado, Beatriz Sotelo y Juan Manuel Crujeiras, del restaurante A Estación, ofrecían un maravilloso tataki de atún con yogur de wasabi, carne curada en sal asada con pimentón.

    La tienda de vinos La Castellana fue la encargada de maridar la cocina gallega con varios albariños con características muy distintas entre sí.

    Eso fue sólo el comienzo, pues apenas llegaba el turno, formalmente, a la comida. Tres restaurantes fueron montados especialmente para el evento. En cada uno de ellos, tres chefs se encargaban de complacer a los comensales. Enrique Olvera, Nacho Manzano y Xosé Torres Cannas fueron los tres responsables de complacer a Marco Beteta –sibarita y referente gastronómico-, Mariana Camacho –editora gastronómica de Grupo Expansión-, Liz Vega –experta en turismo- y Virgilio Pasotti –creativo y sibarita-, a quienes acompañaba en la mesa.

    Decir que la comida fue exquisita sería poco, en particular el cochinillo confitado de Nacho Manzano.

    Después de la comida, el acceso a distintos talleres de gastronomía, cerveza, vinos y destilados era gratuito. El tiempo era poco y el espacio por recorrer mucho, por lo que preferí no acudir a ningún taller.

    En el salón de fumadores podías degustar ron Zacapa. Justo afuera, el gin bar que tanto buscaba. G’Vine, Gin Mare y Hendricks: no era una decisión fácil. Preferí probar los  primeros dos, que no llegan a México. El aroma floral del G’Vine, mezclado con un par de uvas, podría colar a la ginebra entre mis bebidas favoritas. Igualmente, el aroma a romero del Gin Mare resulta adictivo.

    ¿Qué vendría después? Más comida. Las deliciosas preparaciones de Lizette Galicia, de El Mural de los Poblanos, Bricio Domínguez de El Jardín de los Milagros en Guanajuato, Benito Molina de Manzanilla, en Ensenada, su majestad Ricardo Muñoz Zurita de Azul y Oro y AzulCondesa, Alejandro Ruiz de Casa Oaxaca, José Manuel Baños de Pitiona, en Oaxaca, chocolates de José Ramón Castillo, jamón bellotero, mezcal, foie gras, vino, vino de postre, caviar… Lo único que faltaba era tiempo para probar, probar y probar, al tiempo de platicar con cada uno de ellos, quienes atendían personalmente el changarro.

           

    Lo único que falló fue, sin duda, la oferta de cerveza. Mahou fue el único presente debido a su papel dentro de Millesime en Madrid. No hubo espacio para mayor variedad de cervezas artesanales más interesantes.

    Así, en resumen, espero impacientemente que llegue la edición de Millesime México en 2012, con la esperanza de que vuelvan a invitarme, ahora los tres días que dura el evento.

    Sin duda, si tienes una empresa, el dinero y buscas consentir a tus clientes, ésta es la mejor forma de hacerlo. No dudaría más de dos minutos antes de pagar una o dos mesas si esa fuera mi situación. No podrías pagar menos por visitar cada uno de los restaurantes presentes en Millesime. Mucho menos por comer y beber tanto como quieras, con la máxima calidad posible.

    Este es el tipo de evento gastronómico que esperaríamos ver en México, posicionando la cocina mexicana a nivel mundial y lo mejor de la gastronomía mundial en nuestro país. Gracias y felicidades a los organizadores del evento.

    A diez años de la revolución: Pujol

    La evolución de la cocina mexicana. Eso representa, para muchos, Pujol.

    Enrique Olvera fue, hace diez años, el primer chef mexicano que se atrevió a presentar los platillos clásicos de nuestra gastronomía en formas en las que no acostumbrábamos verlos.

    Al principio, muchas personas no comprendían la finalidad de convertir el maíz en espuma o de reinventar platillos tradicionales. Ahora, su reconocimiento le permitió entrar, este año, a la lista San Pellegrino de los cien mejores restaurantes del mundo.

    El aguachile de almejas no se parece al aguachile que has visto en otros lugares.  Flores de borraja de color azul y deliciosas ramitas de salicornia -un “espárrago marino” con sabor a mar y  deliciosamente crujiente- y hojas de ficoide glacial –conocida también como “hierba helada” por su aspecto escarchado- componen esta encantadora entrada.

    La sopa de chicharrón y tortilla es uno de esos platos de Pujol que te hace sentir decepcionado pues, aunque sin duda es rica, carece de la magia esperada en su preparación. Lo mismo me pasó con la trucha en mojo de pepita de calabaza con acelgas y papas en vinagre y, en menor medida, con el molito vegetariano de cacahuate con legumbres, coliflor frita, tortita de huauzontle y cilantro criollo.

    Aquí podrás encontrar uno de los tamales más ricos que hayas probado en tu vida. Un colchoncito de masa bañado con espuma tibia de quesillo y aderezado con salsa de cuitlacoche y salsa de tomate verde tatemado jugarán con tu mente pues, aunque sepas de qué se trata, no esperarás un sabor tan fiel al de un tamal tradicional.

    Del ceviche de pescado te enamorarás desde que el mesero ponga el plato sobre la mesa. El contraste del color rosa del pescado con los adornos verdes y morados es el preámbulo ideal para el fabuloso sabor de este platillo.

    Uno de mis favoritos de Pujol fue el escolar en adobo oaxaqueño con cuitlacoche nixtamalizado y puré de chile poblano. La sobriedad con la que está montado el plato no te permite anticipar la explosión de sabor que vivirás tras el primer bocado.

    El mesero me recomendó el frijol con lechón, rábanos picantes, consomé de frijol y hoja de aguacate. No estaba equivocado. La carne suave y jugosa contrastada con el sabor terroso y especiado del resto de los ingredientes forma uno de esos platos que no quieres que se acaben.

    La textura del crème brûlée combinada con el delicioso sabor del mamey te hará devorar una cucharada tras otra sin poder parar.

    El cremoso de limón servido con merengues de jamaica, frambuesa y betabel es un postre no apto para todos los paladares. Tres bolitas de sabor fuerte, flanqueadas por delgadas tabletas de colores llamativos, resultan en un postre interesante, que para algunos puede resultar asqueroso.

    Para quienes prefieren sabores más sutiles está la esponja de almendra bañada con leche de miel de acacia y acompañada con helado de manzanilla y puré de nanche amarillo. El sabor es sutil, donde se impone la frescura del nanche y la manzanilla.

    La carta de vinos es vasta y se sumó, desde hace tiempo, a los pocos restaurantes que buscan privilegiar a los productos mexicanos. Cervezas artesanales, mezcal y vinos mexicanos son los que ocupan el lugar principal en la extensa lista. El precio es bastante elevado, pero el servicio de su sommelier es impecable.

    Por varios años me pareció que Pujol se había convertido en un restaurante sobrevalorado pero, hace poco, volví a apreciarlo. Algunos dicen que fue debido a su amistad con René Redzepi –chef propietario del mejor restaurante del mundo de este año: Noma, en Copenhague- que Enrique Olvera reencontró el rumbo. Él dice que René le mostró “que los grandes cocineros regresarán a la necesidad de hacer feliz a la gente”. Sea o no ésta la razón, Pujol está de vuelta entre los grandes.

    Pujol está en:

    Francisco Petrarca 254
    Col. Polanco     C.P. 11570

    Abre:

    De lunes a sábado, de 13:30 a 16:30 y de 19:30 a 23:30

    Teléfono:

    55454111

    Costo promedio con vino:

    $900 p/p