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    El auténtico bistrot: Bistrot Arlequín

    Si  entre tus restaurantes favoritos en la Ciudad de México hay alguno de comida francesa, quizás es momento de que modifiques tu lista. Es muy probable que Bistrot Arlequín opaque a cualquier otro que tengas en mente, tanto por su sabor como por sus precios. Comida francesa en un local donde sólo se escucha francés –o español con acento francés- suena a garantía y lo es.

    Todos  los comentarios que habia escuchado de este lugar eran buenos, pero fue apenas en diciembre cuando navegué a la esquina que forman Río Nilo y Río Pánuco, en la colonia Cuauhtémoc, para saber por qué quien lo conoce habla tan bien de él.

    Llegué solo al Bistrot Arlequín y me senté en la barra. Resultó el asiento ideal para poder platicar con el dueño, un francés muy simpático, encargado de poner orden y dispuesto a sugerirte qué elegir.

    Al ojear el menú, me invadió un antojo bárbaro de sopa de cebolla que se vería enteramente recompensado. Su olor especiado es tan denso que resulta una comida completa. Te hará entrar en calor desde la primera cucharada.

    Para el plato fuerte hice caso a la recomendación: si es la primera vez que vas al Arlequín, pide los Quenelles Nantua o el Veau à la Forestière –estofado de ternera con crema, champiñones y vino blanco-. Preferí pedir los Quenelles, bolitas de pescado capeadas con masa de profiteroles sobre bisque de langosta.

    Tienen un sabor muy discreto que permite saborear la bisque que les acompaña. Los disfruté mucho pero, es probable que te decepciones si te gustan los sabores fuertes, pues son tan delicadas que podrían parecer bolitas de masa especiada.

    Las papas fritas son como me gustan: grandes, anchas y esponjosas, como las de los fish and chips ingleses, difíciles de encontrar en México.

    Los franceses, se dice, comienzan a beber vino desde el biberón. No podía faltar, entonces, una buena selección de vinos del día. Elige entre cinco variedades distintas que van de los 54 hasta los 83 pesos, aproximadamente.

    Para el postre la sugerencia fue la tarta de limón. Una gran capa de merengue y una corteza crujiente envuelven el sabor del limón ligeramente amargo, de textura casi espumosa. Perfecto para recargar el brío antes de volver a la ciudad.

    Bistrot Arlequín mantiene el sabor auténtico de su cocina luego de cinco años de existencia. Un local modesto, de precios accesibles -$250 con copa de vino-, nos hace recordar lo que es un verdadero bistrot.

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